actualidadAceite de Oliva de la Campiña astigitana: el oro verde del Imperio romano

07/06/2017

 

Con motivo de la presentación del audiovisual “Écija romana. Astigi como actividad dentro de la programación del Año de la Amazona Herida de Écija organizada desde el Ayuntamiento de Écija para conmemorar el XV Aniversario de su descubrimiento, debe volverse a poner en relieve la importancia que tuvo el aceite de oliva en el desarrollo de la ciudad y de toda la provincia Bética en época del Imperio romano.

 

Tres alimentos forman la base de la dieta mediterránea desde la Antigüedad hasta nuestros tiempos: el aceite de oliva, el pan y el vino. Ninguno de ellos podía faltar en las cocinas de aquella época. El aceite era el principal elemento condimentar, preparar salsas o para freír (aunque para esto habitualmente se mezclaba con otros productos, como miel, agua o vino –algo que en la actualidad sería sorprendente, salvo quizá en experimentos de alta cocina–).

El cultivo del olivo fue introducido en Occidente por los fenicios desde antes del siglo VI a.C., pero fueron los romanos quienes lo expandieron a gran escala por la ribera Norte del Mediterráneo.

Cuando Roma conquista el Sur de la península Ibérica, el territorio que después se denominará “Provincia Bética” del Imperio, difundió por el interior el cultivo del olivo a gran escala, especialmente en la actual Campiña sevillana y cordobesa. Durante toda la época imperial se produjeron grandes cantidades de aceite en los valles del Guadalquivir y del Genil para abastecer al ejército y a la población de Roma, lo que convirtió a la Bética en la mayor exportadora del Imperio.

Écija, conocida como Colonia Augusta Firma Astigi, era una de las principales colonias romanas de Hispania, y se convirtió en sede de una de las cuatro circunscripciones administrativas en las que quedó divida la provincia Bética. Astigi fue el centro de una comarca especializada en la producción de aceite para la exportación a gran escala, y buena parte de las riquezas acumuladas por entonces provenían del control y exportación del “oro verde”.

Écija, en el centro del triángulo que formaba con Sevilla y Córdoba, constituía la principal zona de producción, atravesada por los ríos Guadalquivir y Genil. La extensión del olivar alcanzó posiblemente más de 5.000 km². La única forma rentable  de transportar grandes cargamentos por vía marítima o fluvial. Dado que el Genil era un río navegable desde Écija hasta su desembocadura en el Guadalquivir, la zona tenía acceso al mar, lo que suponía una gran ventaja estratégica y logística.

El aceite era envasado en ánforas desechables, fabricadas en decenas de alfares a las orillas de ambos ríos, y transportado en barcas hasta Sevilla, donde se embarcaba en naves mercantes. El Monte Testaccio a las afueras de la ciudad de Roma es el mejor testimonio de las redes de exportación: un vertedero controlado que contiene alrededor de 25 millones de ánforas de aceite descartadas al final de su viaje, la mayor parte, procedentes de la Bética, y dentro de ellas del territorio astigitano. Las ánforas son un material arqueológico excepcional, ya que podemos reconstruir el comercio y las redes de distribución a través de las marcas de producción estampadas en las asas y de otras inscripciones pintadas a lo largo de su recorrido: así, se puede atestiguar que Astigi se convirtió en el mayor centro exportador de aceite entre los siglos II y III d.C., y que su reputación se acrecentó hasta acaparar la mayoría de los mercados del Imperio, incluso llegando a sustituir al aceite itálico.

Tal demanda de aceite se debió al amplio uso que le daban los romanos a este producto. Los deportistas lo utilizaban como ungüento en las luchas, y también se usaba para proteger la piel en los baños, para la elaboración de cosméticos y perfumes, en las lámparas para la iluminación y como lubricante de cueros y cuerdas. Con todo, el uso más valioso desde los romanos hasta hoy es, sin duda, el gastronómico, como producto fundamental de la dieta mediterránea.

Se podría decir que el sobrenombre de “oro verde” describe bien su condición de base de la economía de la Bética. Su producción y distribución concedieron al territorio de Astigi una economía próspera y un gran esplendor urbano.

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